Martes, 03 de abril de 2007
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(fragmento)


_El viejo guard? silencio. Noel esper? unos instantes a que el narrador aventurara alg?n comentario sobre su ?ltima historia, pero su rostro (enmarcado de niebla) permanec?a tan r?gido como una ajada m?scara de la comedia romana.
_-?Ah!, eso explicar?a todo...?Qu? preciosa historia! ?Ha jugado alguna vez a las escondidas?...El juego consta de dos categor?as de participantes: el buscador y los buscados. Antes de comenzar, los que habr?n de ser buscados ponen una
venda en los ojos del que los buscar? y le dan vueltas, para hacer m?s trabajosa su tarea...?Ah, qu? idea prodigiosa!...que los que deben ocultarse, aprovechando
la vulnerabilidad de su futuro perseguidor, hagan innecesaria toda huida, pues esconden al buscador de s? mismo -dijo Noel, sonriendo como el actor de una farsa.
_-?Ya le he dicho que no sea blasfemo!, nunca le habl? de ning?n juego. Usted ha escuchado las ?nicas dos historias que valen algo en este mundo -sentenci? el anciano, cambiando, por un momento, de m?scara y de g?nero.
_-Para ser lo ?nico que dices saber , lo comprendes bien poco. Pero si tus relatos son ciertos, creo que nadie puede acusarte de ceguera -exclam? Noel, ocult?ndose un poco en la bruma, para que su desenfadado aspecto no ofendiera a
su compa?ero-. Pero, ?m?rame!, has hecho m?s t? por m?, que yo por t?...de modo que quisiera explicarte esas dos historias tuyas, ya que tanto las valoras.
_-?Calle, amigo!, eso nunca suceder?...no hay un hombre capaz de eso...esa es mi condena... -dec?a el anciano, con el eterno gesto de la tragedia griega.
_-?No se preocupe!, le juro que usted se despedir? de m? con ojos como el oc?ano en verano. Ahora, cu?nteme esa otra historia, que parece ser la m?s importante para usted -suplic? Noel.
_Esta vez, la faz del narrador fue presa de una ondulaci?n pausada, igual que los movimientos del encadenado en su celda perpetua.


* * *



_-Nac? hacia el este del mundo, all? donde la escritura imitaba a las constelaciones y los hombres adoraban el fuego. Mis padres trabajaban la tierra y sacrificaban, para que los dioses nos fueran propicios. Durante largos a?os as? ocurri? y conocimos la abundancia propia del arduo comercio con la tierra. Hasta que, hacia mi juventud, los cielos nos olvidaron. En vano, el holocausto consumi? todos nuestros animales; en vano, dimos voces y nos sajamos con cuchillos, hasta vertir nuestra sangre. Los dioses hab?an decidido sembrar polvo en torno nuestro y enviaron un viento de muerte para cosecharlo. Los meses se sucedieron iguales, hasta que la miseria se llev? a mis padres y me vi obligado a rendirles el honor del fuego... continuar leyendo




Franco Piriz

de Antolog?a, Ronda de Poetas y Narradores




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